La primera transfusión de sangre humana documentada fue administrada por el doctor Jean-Baptiste Denys, quien el 15 de junio de 1667 describió el caso de un enfermo de sífilis que murió después de haber recibido tres transfusiones de sangre de perro.
Karl Landsteiner
descubrió que las personas tenían diferente tipo de sangre y que las
transfusiones no eran compatibles entre personas de diferente tipo. En
1901 describió el sistema de ABO y en 1940 el sistema Rh.
El método de conservación de sangre humana para su uso diferido en
transfusiones, mediante la adición de citrato de sodio, fue desarrollado
por el médico argentino Luis Agote en 1914.
Los países desarrollados someten cada unidad de sangre donada a pruebas
de laboratorio para detectar la presencia de múltiples tipos de virus y
bacterias como el VIH/SIDA, las hepatitis B y C o la sífilis.
Así, al realizar una transfusión sanguínea en los EEUU, la American
Medical Association dijo en 2004 que la probabilidad de que una unidad
de sangre sea portadora de virus o bacterias es inferior a una entre 1,9
millones en el caso del VIH e inferior a una entre un millón en el caso
de la hepatitis C.3 En contraste, en 2008, la Organización Mundial de la Salud reveló que en 31 países en desarrollo
y con economías en transición no se realizaban, en todas las unidades
de sangre donada, pruebas para detectar la presencia de virus o
bacterias responsables de enfermedades infecciosas.



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